jueves, 29 de marzo de 2018

Guadalest, Gorga, Millena


    Después de tantos vendavales, fríos y chubascos, nevadas y temblores con que el invierno se despide, algo que nuestra memoria de pez nos lleva a tener por inusual, aprovechamos un par de días de sol para ir a ver las últimas flores de los almendros y las primeras de los cerezos en esa comarca tan hermosa y querida de la montaña alicantina entre Alcoy y el Mediterráneo.
     Efectivamente, tal y como se anunciaba, luce un cielo de un azul cobalto intensísimo. Esa zona alta, quebrada y llena de arbolado, a Dios gracias tan poco conocida por el turismo de masas, es una reserva vegetal a la que los que vienen a bañarse a las costas tan cercanas, no se atreven a subir.
    Buenas carreteras que serpentean entre espesos pinares de un color oscuro y apagado, pardo verdoso con relumbres rojizos cuando les da el sol. Contra ese fondo oscuro de las umbrías, el azul de las sombras impresionistas, las flores blancas de los cerezos parecen chispas cuando les alcanza el sol. Las de los almendros, más rosadas, ya han caído. Las pocas que quedan están agostadas y domina en sus ramas oscuras y retorcidas el verde de las hojas nuevas y algunos proyectos de almendra. Los cerezos, que muestran los miembros deformados y la corteza reseca de la vejez, con esas podas que facilitan la cosecha y les dan forma de crustáceos panza arriba, sufrientes, con patas retorcidas en posturas y formas extrañas. La delicadeza oriental de sus flores contrasta con la aspereza oscura de sus troncos y ramas.
    En el cielo queda una sola nube, un vellón de lana que se desmandó del rebaño vaporoso que dejó las pasadas tormentas. Se quedaría distraída mirando los almendros en flor y allí está, blanca entre azules, sola y como postiza. Las nubes no tienen perro pastor y en ellas mandan los vientos, pero siempre hay rebeldes y despistados.
    Sólo leer los nombres de otro tiempo de los pueblecitos y alquerías es un placer. Un placer de lenguaje y de memoria. Una memoria de moriscos refugiados en estas montañas, hoy poco pobladas y entonces todavía más inaccesibles y olvidadas. Allí siguen. Benilloba, Benillup, Benialfaquí, Benimarfull, entre otros lugares de nombres parecidos. Como el cercano Benidorm, de igual origen, que hoy nos habla de lo imprevisible del futuro que, a veces, casi siempre, recorre rutas improbables. Ellos labraron durante siglos esas terrazas que escalonan las montañas, les pusieron baldas de tierra a los cerros para brindar una base necesaria, humana y trabajada a esos almendros, cerezos, olivos y otros frutales con que llenaron esos bancalillos de media luna que siglo tras siglo fueron sujetando con mimo y esfuerzo. También llevaron el agua a algunas de ellas, agua que hoy no se ve. Estas terrazas, que llegaban hasta las cimas a veces, siguen talladas y sujetas a escuadra cerca de los pueblos, en los cultivos actuales. Conforme se alejan de las zonas más habitadas estos antiguos escalones se van redondeando, gastados por la lluvia y el viento de los siglos. Podemos adivinarlas aún en lo alto de algunos cerros, onduladas, pulidas, pues el abandono permite a esas montañas devolver al llano, con la azada y la lija de las lluvias, la tierra fértil que con tantos trabajos se subió hasta allí. En realidad, las montañas recuperan lo que era suyo, empezando por su forma. Aunque abandonadas y casi borradas, esas antiguas terrazas siguen reteniendo el agua y están cubiertas de verde, allá en lo alto, mientras que los valles están resecos. Nunca aprenderemos.
     En algunos pueblos visitamos conocidos árboles con nombre, viejos y con su historia, como el olmo de Millena. Dejamos de ver otros como el olivo bimilenario de Gorga, con puerta y ventanas, árbol hueco donde una familia vivió durante años. En otra ocasión será. También vemos, con sorpresa y sin saber qué pensar al respecto, algunos otros árboles vestidos con labores de ganchillo, multicolores y de abrigo frente a las nieves que, de uvas a peras, caen por la región.
     Pasamos una vez más por Guadalest, siempre increíble y con demasiados turistas. Ni me molesta la soledad ni la gente. De hecho, cuando me siento se van dos autobuses, los guiris que llenaban la terraza soleada salen escopeteados cargados de cerámicas, mieles y aguardientes, y los bares empiezan a recoger las mesas. Es decir, si no acude la gente, tú tampoco tienes donde ir, que también uno es gente. Veo, mientras estoy sentado en una terraza que, entre los más diversos y variopintos artículos, (imagino que made in China, aunque veo cosas artesanas del país), con amplio criterio venden camisetas de la selección nacional, sobra decir que la de fútbol, de Disney, del Che Guevara y, si las pidieran, del Ku-Klux-Klan, que toda piedra hace pared. Tomamos un café, compramos una hormiga de hierro para colgarla de la pared y miel de níspero a un amabilísimo y locuaz valenciano con el que pegamos la hebra. Como muchos otros valencianos, cuando hablan en castellano, usan algunas palabras con su verdadero significado y sabor, algo que también da gozo leyendo a Josep Pla, incluso traducido. No abusar de las palabras lleva a que cuando califican algo como “importante” significa que lo es, cosa rara por la inflazón y abuso que se han hecho generales. Cuando te dicen que algo es “de categoría”, no dudes, llévatelo o cómelo si se puede. Es mercader que ha olvidado sus genes fenicios y muestra una honradez inverosímil hoy en día. Hay muchos olivos por la comarca pero se niega a vendernos el aceite que tiene en sus estanterías, embotellado en minúsculas botellas, como frascos de colonia. Nos dice que eso es para los guiris, que antes compremos en el sitio que nos indica una garrafa de aceite de la cooperativa, mejor y más barato, a menos que coleccionemos ampollas, redomas y damajuanas. Tampoco vende otra miel que la que produce y no tiene ahora de azahar, ni le queda de aguacate, hasta nueva cosecha. Otros la traerían de naranjas de la China. Nos dice varios sitios en esas calles donde mejor comprar lo que buscamos, sin intentar endosarte lo que él vende. Reconfortante por poco habitual.
    Regresamos a Albacete persiguiendo al sol poniente, deslumbrados no solo por él, que muchas cosas hemos visto y disfrutado. Desde los altos de Chinchilla, con las últimas luces, bajo un cielo suave que, desde un horizonte que se va desdibujando, se va pintando del rojo al azul, pasando por toda la gama de amarillos y naranjas, incluso matices verdes. Algunas nubes rosas y violetas, desplegando un arco amplio como puñado arrojado por un sembrador, gesto de guadaña, y abajo, al fondo, un suelo azul oscuro, casi negro, mar de tierra donde brillan los miles de luces de la ciudad como barcos de pesca. Ya cantábamos de pequeños en las excursiones que en el mar corren las liebres y en el monte las sardinas. Resulta que era verdad.

sábado, 10 de marzo de 2018

Samurais

   Cambiando bastante de tercio en cuanto a tema, menos de materiales y recursos, he dibujado cuatro samurais para mi amigo Jean-Marc Anton de Córcega. Un buen amigo, ya de muchos años con el que comparto muchas aficiones y apartados de la biografía. Año de nacimiento, profesión, afición a las plumillas y a la guitarra, a Chet Atkins y a paellas, tortillas españolas y cervezas frescas a la orilla del mar. Yo, normalmente en la costa levantina, él en Ajaccio, cuna de Napoleón, el del cognac y las batallas.
   Es curioso que nuestra amistad viene de una caja de plumillas cervantinas que le vendí en ebay hace unos diez años, una de las primeras ventas, si no la primera que hice.
   Si tenemos en común, como ya digo y entre otras cosas, las plumillas, he de decir que su colección es algo inaudito, la mejor que conozco, asombrosa, llena de miles de joyas únicas, envidia de todos los coleccionistas del mundo. Las mejores que tengo han sido regalo suyo. Dos plumas dentelle, series especiales, de esas caladas con una filigrana que convierte en obras de arte. Otras más, todas antiguas, escasas y hermosisimas, siempre raras, entre las que recuerdo una con una cruz gamada que el partido nacionalsocialista alemán encargó en Birmingham antes de degenerar en lo que luego llegó a ser.
   Hay otras aficiones y dedicaciones que no compartimos, como el hecho de ser entrenador de judo, con muchos campeones entre sus alumnos, como él lo es. No hace falta que me revuelque en el fango comparando nuestras fuerzas, agilidades y destrezas al respecto, que yo me conformo con tenerme de pie. Otra diferencia es que él se desplaza por la isla en un Fiat 500 rojo, coche que obviamente no es de mi talla. Tiene muy buen humor, con lo que llegamos a las semejanzas ciertas y además y sobre todo, es una gran persona, una buena persona. Quisiera parecerme a él en ello, tal vez lo más importante de lo dicho.
   Estudioso de las tradiciones e historia del judo, algo que tiene que impartir a los deportistas que entrena, me pidió que le dibujara un samurai. Eché mano de internet, sobre todo de imágenes antiguas de la Enciclopedia Británica y le dibujé unos cuantos, menos de los que merece desde luego.
   Desde aquí un fuerte abrazo y mis mejores deseos para mi buen amigo Jean-Marc.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Acuarelas febrero 2018 - 8 años del blog


  Fue hace ocho años, finales de enero de 2010, cuando inicié este blog. El año pasado alcanzamos el millón de páginas visitadas. Ya vamos casi por 1.2000.000. Nunca esperaba tal cosa cuando empecé a comentar acuarelas, pintores y libros, contar viajes, curiosidades sobre plumillas, cosas de mi amigos y de la música y atreverme a mostrar mis dibujos y acuarelas. Incluso algunos escritos que luego derivé a Desconcertaus - Epistolarium, mi otro blog. Muchas gracias a todo el mundo, porque de todos los continentes recibe visitas.
  
  Siguiendo con los olivos, la primera imagen es una acuarela de este imponente ejemplar, Farga de l'Arión, en Ulldecona. Comarca del Sénia, entre Cataluña y el reino de Valencia, (Castellón y Tarragona). Es la mayor concentración del mundo de olivos milenarios, unos 4000 catalogados. Aunque estuve por la zona, pìsando la vía Augusta, fotografiando y dibujando olivos, esta acuarela sale de una foto de ecoavant.com. Estos monumentos vivos son de la variedad farga, y este ejemplar, con 1701 años, fue plantado en época del emperador Constantino (306-337) y es el árbol fechado más antiguo de la península. De él han sacado buen aceite romanos, visigodos, árabes, bereberes, almorávides y almohades, moros, judíos y cristianos. Y nosotros. Es echarle historia líquida a la ensalada.
   Como suelo hacer a menudo, casi siempre cuando se trata de olivos, trato de quebrar el verde con mezclas de ocres, azules o morados. En este caso he recurrido al lapislázuli de Daniel Smith, apagado, con tendencia fría agrisada y muy granular. También sodalita, un azul oscuro, parecido al índigo. Como el papel es liso se tratan las texturas con pinceladas rápidas y bastante secas.
   Seguimos también con las flores, margaritas en esta acuarela y la siguiente. Nunca las había pintado y era un reto sugerirlas sin entrar en detallar pétalos y formas. Mejorable, pero algo así se pretendía.

   Jugando con los verdes en tono e intensidad. Superposiciones una vez seco.
   Y, como siempre en esta época del año, pensamientos, más imaginados que fijándome en los de mi ventana, que son morados y amarillos. En ambos casos se ha dejado el blanco del papel en algunas flores para dar toques de luz y contraste.

   Un dibujo con tintas diluidas y pincel. Tampoco suelo pintar rosas.


jueves, 25 de enero de 2018

When I'm sixty-four



    Mucho hace desde que compré mi primer ejemplar en vinilo del Sargento Peppers, donde escuché entre otros temas ese When I’m sixty-four cuyas notas y palabras me han acompañado desde entonces en muchos momentos, grupos y escenarios. Aunque, en la engañosa eternidad de la juventud, sesenta y cuatro años parecían algo muy lejano, había que tener siempre presente que era cifra crecida que incluía la posibilidad de no llegar a cumplirlos. Nada nos garantizaba no recibir anticipadamente el finiquito en uno de esos casos lamentables que quiebran la estadística y que nos han arrebatado a muchos amigos y familiares con los que contábamos para todos los siempres. Al menos para el nuestro. Ya vamos siendo unos supervivientes.
    Palabras de una canción que nos ayudaron a aprender inglés, a cantarlo mejor que nunca lo hemos llegado a hablar, augurándonos con poco tino la pérdida del pelo y preguntándole al futuro si, pasados esos años, nos seguirían queriendo las personas que entonces nos querían o si tendríamos fuerzas para arreglar los plomos o cuidar el jardín. Plomos sigo teniendo, pero jardín y chimenea hace años que no y bien que los echo de menos. A las fuerzas también.
    Hoy escucho a los Beatles en streaming por no levantarme a poner el disco, el CD, que el vinilo está menos a mano. Una tecnología que entonces no existía, ni siquiera se vislumbraba, que mucho hemos adelantado en eso, lanzados a un progreso imparable y vertiginoso que, en realidad, nos permite escucharlo mucho peor, como ocurre con tantos otros avances.
   El caso es que esos sesenta y cuatro años que tantos y tan lejanos se le figuraban a Paul le alcanzaron a él hace ya doce años y a mí me caen encima hoy, en ese tiempo uniformemente acelerado que arrambla con nosotros, que siempre acaba pillándonos por mucho que algunos se quieran refugiar en este mundo actual de Peter Panes reacios a envejecer. Nadie quiere ser maduro. Ni siquiera el de Venezuela, que quisiera ser Chávez. Mucho se ha elucubrado y escrito sobre el tiempo por parte de poetas y filósofos, igual que de sus misterios y peligros nos avisa la sabiduría popular por medio de refranes y dichos. Me quedo con ese “el que de joven no se muere, de viejo no se escapa”, de mi abuela. Carpe diem.
    Me hago una foto para renovar el DNI. Dispara desde muy cerca, tal vez para no sacar la garrota. ¿Qué tal? —pregunta la fotógrafa. —Bueeeeno… —que diría mi amigo fray Sven de Escandinavia—. Aunque tan de cerca las caras se abesugan, no creo que otra toma mejorara mucho la cosa, que los retratos cada vez nos salen más abstractos. Un retrato hay que hacerlo con un 80mm, no con un  angular. Y, a mi edad, con una media en el objetivo como exigía Sara Montiel, pero no entro en esas consideraciones y la doy por buena. Me preocupan más las fotos con rayos X que muestran las arrugas y quebrantos de mi osamenta, cuyo reparador Photoshop quirúrgico necesita de anestesia.
    Aunque esto de los años, los que pasan y los que cumples, los que terminan y los que comienzan, no deja de ser una convención, siempre estas fechas resultan mojones que invitan a hacer resúmenes, planes y valoraciones. Visto el año que tan rápido ha pasado e intentando resumirlo para ver qué ha dado de sí, uno puede ponerse en modo Facebook y resaltar las fotos de las gambas y las cervezas trasegadas, las playas y los cerros visitados y pintados, los escenarios y canciones, las risas y los buenos ratos… También podríamos quitar dulzor a tanta felicidad y acercarnos más a la realidad contando las visitas al tanatorio, al quirófano o los dolores que tanto cariño nos han tomado. En fin, de todo ha habido y el balance no debe de ser tan malo cuando dejamos que nos abran en canal y nos llenen de tornillos el organismo para poder seguir haciendo las cosas que tanto nos gustan cerca de las personas que tanto queremos.
    Como uno no puede evitar ir convirtiéndose en un abuelo Cebolleta, descontento con el mundo que le ha tocado vivir, algo común a todas las épocas y a todos los ancianos, venerables o no, hay que reconocer que mucho nos afecta habitar un mundo irritado e irritante, injusto, estúpido y cruel, ignorante y poblado de imbéciles refractarios a la belleza, inteligencia y bondad que les rodean, que no son pocas. Aunque sigo optimista, cada vez menos, pero optimista, me asombra que habiendo buenos libros, músicas y pinturas, buenos paisajes y buenas gentes, cedamos el protagonismo al espectáculo de los cerdos revolcándose en el cieno. Entre mis buenos propósitos para este nuevo año está el de intentar desentenderme de tanta basura. Llevo un par de semanas que, en lugar de amargarme el día leyendo estupideces, bulos y desvaríos, tan predominantes en las redes, me pongo a Mozart o a Bill Evans y me leo el Retrato de Dorian Gray, a Chesterton o a Josep Pla. Prefiero que me expliquen de qué van las cosas Hannah Arendt, Barthes o Jones Owen mejor que el Marhuenda o el Cebrián. U otros por el estilo. Al lado de Flaubert no hay color. Muestra de mi rebeldía creciente es que pienso llegar a Calleja, leerme una fanega de cuentos tradicionales, incluso de hadas, de esos que antes se leían a los niños. Hoy resultan transgresores, violentos y llenos de incorrecciones de toda índole. Menos mal que las series de televisión, las noticias y lo edificante de todo cuanto hoy les ofrecemos han venido a librarles de tan perniciosos ejemplos.
    ¿Qué le echan al agua? Este año pasado me lo han amargado mis huesos y los indepes. El que no cojea renquea, qué os voy a contar. Escribir sobre mis huesos no lo veo tema de interés y sobre Tractoria noto que he dedicado demasiado tiempo a argumentar lo obvio, aunque para conversos, abducidos y melifluos suene raro. Me limito ya a decir con Krahe: “Que sepáis que no lleváis razón”. También me recuerda que he perdido el pudor. Otros han perdido además la cordura y tenemos que —otra vez con Krahe—, rezar a San Cucufato para que descubra dónde nos dejamos el sentido común. Algunos, intentando recuperar la juventud para camuflarse en esta sociedad adolescente, avanzan hacia atrás, regresan a las doctrinas de esa época añorada, esa que hizo buena hasta la mili. Incluyen en sus recuperaciones los aires censores y mojigatos de la época, aunque selectivos en cuanto a su irritación que muestra grandes tragaderas sectorizadas, llegando a un calvinismo que sitúa entre la incorrección y la herejía cualquier cuestionamiento o matiz sobre los dogmas de esa religión laica en que han puesto los restos de su fe y sus últimos ardores. Entre mitos, leyendas y cuentos volvemos a encontrarnos, aunque no se nos puede pedir a los demás que también recuperemos la ingenuidad con que escuchamos y leímos, temblando a veces, los antiguos cuentos, esos que me pienso releer y de los que muchos sólo asimilaron la moraleja, que no deja de ser una moral venida a menos. No es raro ese amor por lo antiguo, aunque quieran hacerlo pasar por novedad, pues sabemos que en la antigüedad el mundo era joven y sus cosas nuevas. Yo también soy un romántico, pero procuro encauzar mi melancolía y mi nostalgia, al menos mitigarlas, comprando un par de pastillas de jabón Lagarto.
    Instalados entre la postura, la impostura y la locura, se dan casos como el del inglés que intenta comerse la servilleta en el restaurante de Berasategui tomándola por una exquisita e innovadora parte del menú. O el de la abuela brasileña que lleva años rezando a una figura de Elrond, hijo de Eärendil, medio elfo y medio hombre, vencedor de Sauron, creyendo que es San Antonio. A otros les ocurre igual en sus adoraciones a Iglesias o a Puigdemont, con parecidos resultados. De paso, fortalecen los poderes oscuros de Rajoy, crecido ante tales enemigos.
    El año que empieza, al menos económicamente, será mejor. Me informan que me suben la pensión unos cinco euros. Vamos bien. Pero como jubilado me tengo que estar quieto. No dirá Montoro que no le hago caso. Los pasos justos. Pero cosas que puedo hacer sentado, como la música o la pintura, tampoco, salvo renunciando a la pensión que me he pagado durante 38 años. O me hago autónomo a mi edad o desisto de hacer nada que alivie mi ruina,  ahora que tengo una autonomía de unos cien metros, justo para llegar a la Fuente a tomarme un café. Al Café del Sur en un taxi.



Y después de la versión de Los Beatles, la mñía, con Flashback:
https://soundcloud.com/user637184620/when-im-sixty-four

martes, 23 de enero de 2018

Árboles y flores. Enero 2018

   Como los árboles suele ser uno de mis temas favoritos, empieza la entrada con una acuarela basada en unas fotos de los olmos centenarios de Cabeza del Buey, en Badajoz, ganadores del concurso "Árbol del año 2018", para representarnos compo candidato a "Tree of the Year", árbol de Europa 2018. Suerte.
   El anterior, un algarrobo del Rincón de Loix en Benidorm. Tampoco es joven, seguramente más antiguo que los olmos anteriores, pero los olmos se han convertido en reliquias, los pocos supervivientes que quedan. Esperemos que la especie se recupere. Las dos acuarelas usan unos mismos colores básicamente, aunque en los fondos se hayan utilizado otros. Siena y azul ultramar para las cortezas, con Hematite y algunas sombras de sodalita o amatista. Luego algunas raspaduras para resaltar la textura que se había intentado conseguir con el pincel.

   Las demás acuarelas de esta entrada, todas de flores, lógicamente utilizan más colores, aunque no demasiados porque hay muchas mezclas con cerúleo, ultramar y rojo cadmio oscuro. Los violetas salen con esos colores, aunque los más oscuros son carbozole o amatist de Daniel Smith. Los verdes, un sap green mezclado con los azules ya utilizados en las flores y algo de verde de jadeíta. Las sombras más oscuras, como suelo hacer, unos toques de sodalita.


   Una vista del Parque de Abelardo Sánchez, en Albacete. Era una prueba rascando el papel una vez seco. Es tan evidente que poco hay que explicar.
   Luego más intentos y probaturas con flores y algunas cerámicas. En estas últimas hay que practicar más, porque aunque el tono se va consiguiendo no ocurre igual con el relieve, con las sombras. No se consiegue despegarlas del fondo y a veces parecen una pegatina. Hay que integrarlas más, difuminar los bordes para que salgan al primer plano desde el fondo, cosa no conseguida aún. Habrá que estudiar a Caravaggio. O a Velázquez.